Pablo Rodríguez, investigador del Conicet y profesor de la Universidad de Buenos Aires, reflexiona para el Observatorio de Comunicación Política y Seguridad sobre el debate por el derecho al aborto. El editor de “La salud inalcanzable. Biopolítica molecular y medicalización de la vida cotidiana” (Eudeba, 2017, con Flavia Costa) plantea la dificultad de defender “las dos vidas” y asegura que “con el debate sobre el aborto nos encontramos ante una lucha biopolítica”.                                                                     
                                                                                 

Por Pablo Rodríguez

 

En el último texto que dio a publicar en su vida, Gilles Deleuze retomaba un cuento de Charles Dickens acerca de un condenado a muerte que despertaba la ira de su comunidad por los delitos cometidos, pero que al momento de ser ejecutado recibía increíbles muestras de piedad. Se trata, dice Deleuze, de una suerte de inmanencia de la vida que se expresa cuando se singulariza: no es la vida ni la muerte en general, sino una vida y una muerte, y ahí ya no resulta fácil pasar de una a la otra. La posición antiabortista ha jugado cínicamente con esta ambivalencia. Pasó de defender la vida a defender las dos vidas, individualizadas. Al menos aprendió que los argumentos sobre la vida en general son demasiado endebles cuando se trata de salud pública. Lo que no aprendió es que esas dos vidas no son iguales y existen en un solo cuerpo. Más aún, existen en una sola persona, jurídica y socialmente, que más allá de estas disquisiciones decide interrumpir un embarazo. Ese es el sinsentido del antiabortismo: cuando singulariza las dos vidas, lo hace porque admite que los abortos existen, pero prefiere poner en riesgo una de esas vidas, que son personas, para salvar a otro ser que representa imaginariamente la vida. Y que, si nace, vivirá una vida poco vivible pues quien la gestó no estaba convencida de poder llevar adelante esa vida con dignidad, por las razones que fuere.

El texto de Deleuze salió publicado en español en una compilación denominada Ensayos sobre biopolítica. Ese vocablo reúne algunas hipótesis de base: que la modernidad es en buena medida una gestión política de las vidas; que dicha gestión supone también la administración de su contrario, las muertes; y que siempre habrá quienes utilizarán la idea-fuerza de la vida (impulso vital, trascendencia, naturaleza, pureza, etc.) en función de luchas políticas concretas  localizadas, sea en un sentido conservador o progresista. Con el debate sobre el aborto nos encontramos ante una lucha biopolítica cuyo sentido fundamental, además de todos los ya expuestos en tantos discursos y campañas, es abandonar esa idea-fuerza para entender de lleno de qué se trata una gestión política. Es algo que ya está ocurriendo, porque la transformación técnica de “la” vida es imparable. Se interviene antes del nacimiento y después de la muerte. Dos ejemplos bien actuales: la fertilización asistida, que realiza técnicamente la concepción misma de la ex vida y la monitorea mientras genera embriones que no son ni unas vidas ni la vida; y los diagnósticos prenatales, que trazan futuros para fetos, incluido el aborto. Criterios coherentes de salud pública, esto es, de biopolítica, deberían anotar que hay un desfasaje “natural” entre esa intervención constante sobre la concepción y la gestación de lo que después será una persona, una vida, y un simple y llano aborto que se practica sin atender siquiera estas razones y que, por su criminalización en nombre de la vida, genera unas muertes.