El autor de “Un mundo con drogas” actualmente trabaja en la Televisión Pública y es editor en la revista THC. Por varios años fue redactor en el diario Página 12. En la entrevista reflexiona sobre el rol del periodismo en las coberturas policiales. En momentos donde las víctimas cobran preeminencia en las pantallas televisivas, Ruchansky cuestiona los modos en que los cronistas incorporan esas voces. “No estoy de acuerdo con que las víctimas tengan que ir a los medios”, opina.          

En los últimos años el lugar de las víctimas cobró preponderancia en los espacios televisivos. El lugar del periodismo en la selección y el tratamiento de los protagonistas de la noticia es central. Pero las rutinas periodísticas y las dificultades al interior del entramado mediático dificultan la reflexión sobre la práctica alrededor de los actores de las noticias policiales. Para reflexionar sobre esta problemática, el Observatorio de Comunicación, Política y Seguridad viene trabajando junto a al Centro de Estudios Avanzados de la Universidad Nacional de Córdoba en el proyecto “El género policial en el marco de las transformaciones del escenario audiovisual argentino”, una investigación apoyada por el CONICET y la Defensoría del Público de la Nación. En esta entrevista, Emilio Ruchansky brinda elementos para pensar el lugar del periodismo en estas novedosas coberturas.

                                                                                                                                                                                                 ¿Qué opinás de las coberturas y la incorporación de las víctimas como actores centrales?

“No estoy de acuerdo. No estoy de acuerdo con que se por ejemplo se monten guardias a la abuela de Lola Chomnalez. Me parece denigrante para nosotros como trabajadores y trabajadoras, y para las víctimas. Viví hace muchos años una situación fea cuando se revirtió una condena de Cromañón. Yo estaba cubriendo el caso para Página 12.  Ese día llegué a Tribunales y algunos familiares de Cromañon habían sido reprimidos. Cuando llegué me di cuenta de que no podía hablar. Veía a los familiares que habían perdido a sus hijos, a sus hermanos… Yo tenía que tomar testimonios, el trabajo que venía haciendo siempre en el diario, el de cronista. Pero ese día no podía hablar con nadie. De hecho, simplemente me dediqué a escuchar. Por ahí alguna gente le pregunté si quería hablar, pero desde ese momento empecé a tomar más y más conciencia.

Siempre pienso que es un defecto del sistema que una víctima tenga que ir a hablar ante los medios para pedir justicia o que se aceleren los trámites judiciales, etcétera. Por supuesto que los procedimientos judiciales llevan su tiempo y una persona puede estar más o menos desesperada para que eso vaya más rápido, y es entendible. Más si matan a un familiar. Pero de ahí a que nosotros nos prestemos a eso, hay una discusión que dar, ¿no? No es que esté bien o mal fotografiar una persona muerta. En el caso de Kosteki y Santillán era necesario porque si no nunca hubieras sabido que lo mató la policía. Ahora, si hay un accidente de auto y filmás a una persona que está con la cabeza destrozada y un pedazo del cerebro tirado, no tiene ningún sentido. Entonces, no es tanto el hecho, sino en el caso de la imagen es muchas veces la prueba.

La víctima es una persona a la que no hay que exponer, a la que no hay que estar preguntándole cosas. Yo les digo “pasame tu abogado o tu abogada”. Si puedo tratar de evitar hablar con esa persona, mejor. Ahora estoy con un caso de gatillo fácil, hablando con la hermana de la mujer de la víctima para pedirle fotos. Yo no quiero estar pidiéndole la foto de su marido [es decir, no quiere pedirle la foto directamente  a la mujer de la víctima]. Si lo puede hacer una prima de ella, un abogado que tenga, mejor.

Son conversaciones complejas además, ¿no?

Sí. ¿por qué yo estoy haciendo el trabajo de un abogado cuando no soy abogado y soy periodista? ¿Y por qué me aprovecharía de su interés de que salga en las noticias? Eso es complicado.

Pero a la vez entra en juego la perspectiva de que el periodismo es un servicio…

Claro, pero hay que buscar distintos interlocutores. ¿Por qué tiene que ser esa misma persona? Yo trato de trabajar con los abogados defensores y con los expedientes. Y muchas veces mi trato con las víctimas es “quiero ver el expediente”. “Dame con tu abogado”. Sí hacemos notas con las víctimas si lo piden, y si lo necesitamos. A veces las víctimas no hablan. Trato de que tengan una voz, si quieren dar esa voz. Pero trato de que no depender solo de eso. Me parece que es una cuestión ética muy compleja.  Hay una diferencia entre una víctima común y silvestre y una persona que toma un rol, siendo víctima, toma un rol de liderazgo. El caso de Oscar Castellucci, por ejemplo.

Vos también tenés que medir qué tan fuerte es el medio para el que trabajás. Cada medio tiene su efectividad. Vos tenés ganas de cubrir algo porque te gusta el tema, porque querés apoyar algo. Pero al mismo tiempo si tu efectividad no es tan grande, entonces estás usando a la otra persona. Por eso mi relación con la víctima es de evaluación constante. Trato de evaluarlo constantemente, no solo porque me involucra  personalmente, sino porque vi ese daño. Y lo veo en mis colegas, cuando montan guardia a los familiares de una víctima. Como cuando montaron la guardia en la casa de Ángeles Rawson… Acá en el canal lo mostré… busqué los crudos y mostré el crudo de cómo los vecinos le gritaban a Opatowski “asesino”. Nosotros hacemos un daño.

¿De qué modo trataste de mostrarlo?

Hicimos un informe sobre Ni Una Menos y en la primera parte mostramos los crudos del acoso a los familiares de las víctimas. Mostramos cómo los medios lo perseguían a Opatowski, para pensar las prácticas referidas a las víctimas y a sus familiares. No se trata solamente de decir que una víctima se vestía como puta. Sino también de pensar el propio acoso que se hace a los familiares. Creo que es degradante para nosotros. Hubo un proyecto de (Héctor) Recalde, en algún momento, para que hubiera objeción de conciencia…

¿En qué consistió el proyecto?

Fue un proyecto de él y después hubo de otros dos senadores. El de Recalde tenía una cláusula interesante que era que si la comisión interna de un medio por la mitad más uno votaba sacar una información podía hacerlo… Pasó algo así cuando los trabajadores de La Nación sacaron una nota repudiando la editorial del medio a favor de los genocidas. Bueno, el proyecto planteaba poder hacer eso de manera más sistemática. Porque muchas veces vos quedás embebido con las retórica de tu propio medio y vas a trabajar y te insultan. Vi a colegas que les pasa. Me ha pasado a mí en Página 12 cubriendo el conflicto con el campo. Hace poco, cuando estábamos haciendo un informe sobre el aborto en Bolivia, fuimos a la comunidad de boliviana en Liniers y había mucha bronca contra un canal porque hacía notas acusando que ahí había choreos, que era todo ilegal. Entonces también si vos sos del medio, podés no querer quedar pegado a ese tipo de cosas. Es complicado de todas maneras… No estoy a favor de la objeción de conciencia en general, pero en este tema habría que planteárselo.

Es un tema muy complejo que yo creo que la mayoría de los periodistas lo evita muchas veces. Evitan pensarlo o trabajan con las víctimas sin reflexión sobre esta especie de chantaje, de extorsión implícito que hay en esa relación donde la víctima te necesita para que vos saques algo y tiene que sobreponerse a su dolor y a su momento, para que vos hagas algo, para pedir justicia, o para darle visibilidad a un caso sabiendo que  lo mediático muchas veces tiene una fuerte impronta en las decisiones judiciales. Pero eso es lo que me parece  tan perverso. Cómo se elijen esos casos, ¿no? Hay un interés real del periodista o al periodista solo le interesa el rating, elije dentro de los casos el que le parece que da más rating, y descarta otras víctimas… Entonces selecciona a la víctima, como que hay mejores y peores víctimas. Esa discusión me parece que hay que darla. Aprovechás un lugar de poder, digamos. Y lo estás aprovechando en detrimento de la víctima. Por eso trato de que hable lo mínimo posible, que no sea revictimizada en ese proceso. No tenga que estar trabajando para mí, ni exponiendo su vida privada. Sabiendo que va a llorar en cámara, ponerle la cámara para que llore. Obviamente que si llora, llora y está bien. Tiene su fuerza. Es lo de la foto de los muertos: una foto del muerto puede ser una falta de respeto o una foto de un muerto puede ser una prueba. Un llanto puede liberar a una persona.

¿Cómo analizás las coberturas de la televisión y el uso de los expedientes?

Los expedientes penales son privados. Sacar a la luz a un expediente penal implica una evaluación sobre la utilidad pública o el fin público que tiene. Vos podés entrar a un expediente penal y podés armar un pedido de acceso a la información y tranquilamente te lo pueden negar y tienen razón.

Algunas coberturas están más volcadas al show del policial, y más allá del show lo importante es el significado social de un caso. Sobre todo un expediente penal que es privado. Hace un tiempo salió un caso, un expediente, de un chico de cierto dinero que mató a la madre para pagar una deuda de cocaína. ¿Cuál era el fin del caso? Probablemente, haya tenido un brote psicótico por el consumo de cocaína. Pero hasta dijeron que había violado a la madre, que era gay. Bestialidades. Pero no había un uso claro. Yo critico eso. Son expedientes penales y son privados, entonces no se puede entrar en la vida privada de las personas. A veces hay  una selección de las víctimas en parte para mostrar un show. Yo no puedo opinar sobre el show. Pero sí puedo opinar sobre la utilidad social de los casos. Creo que los casos tienen que tener una utilidad social. Si no es mercancía.

 


Entrevista realizada por Mercedes Calzado y Vanesa Lio.